Decimoquinto día
- T V
- 12 abr 2020
- 2 Min. de lectura
Luego de 15 días encerrados en casa logré salir con la única excusa de comprar unos víveres que faltaban en casa. Tal vez exageré cuando decidí ponerme gafas, guantes, dos chompas y tapabocas para disponerme a salir. Sentía que algo nuevo y único iba a experimentar a pesar de estar consciente de la situación. Cada paso lento y gigantesco que daba hacia la puerta de la salida entrecortaba mi respiración nublada por el tapabocas que no me permitía sentir el viento en la calle.
Cuando finalmente salté a la superficie (afuera) solo escuché mi respiración, caminé unos metros a lado de la calle e incrédulo mire a los lados por si venia un auto, innecesario para estos tiempos desolados. Proseguí caminando hasta encontrar la tienda. Unos vecinos se asomaban a las ventanas de las casas cercanas para intentar identificarme, porque para ser sincero al verme al reflejo ni yo me reconocía, mi apariencia parecía como la del personaje Jonas Kahnwald de la serie alemana Dark al inicio de la segunda temporada.
Totalmente cubierto, al frente de la tienda, medité sobre la idea que tiene una tienda de barrio. Siempre bajo unas rejas como si se tratará de una jaula, algo curioso que quizás no lo tomamos en cuenta cuando vivimos en la cotidianidad sin prestar atención a los detalles. Con una moneda en la mano golpee sobre las rejas y grité la clásica frase cuando llegas a la tienda y nadie te atiende: “¡A vender!”. Luego de unos segundos una silueta entre las penumbras me formulaba la pregunta: “¿Qué va a querer?”. Cinco huevos -le respondí- Inmediatamente ella me dijo: “Le doy seis a un dólar”, asentí con la cabeza y se realizó el intercambio de comida por dinero. Cuando nos encontramos de frente, ella entregándome los huevos y yo el dólar, se sorprendió al verme tan forrado, pues ella apenas llevaba un tapabocas, le agradecí y ella volvió a desaparecer entre la oscuridad que protegían esas rejas de la tienda.
El panorama en la calle seguía siendo desértico, parecía ser el mismo ambiente de octubre del 2019, pero de pronto escuché de fondo la canción del gas doméstico que me advertía que la situación era otra. Con los huevos en la mano caminé los pocos metros que me separaban de mi casa. Cruce la calle, esperando que esta expedición no acabe. Pero cuando más lo anhelaba, más cerca de la casa me encontraba. Al llegar a casa, nuevamente el silencio gobernaba.
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