Indiferencia - Un estrato de abril (2020)
- T V
- 14 sept 2020
- 4 Min. de lectura

(Este texto es una crítica y opinión sobre lo observado durante el periodo del mes de abril)
A penas a principio de abril llevábamos 15 días de cuarentena y ya no se aguantaban ni a sí mismos y querían salir pese a todo con tal que los otros les hagan olvidarse por un rato, de lo aburrido que es convivir consigo mismos.
Hablo de la gente que sí tiene opciones, sí tiene privilegios y aun así se quejan amargamente con filtros de Instagram. Dejando en claro que esta cuarentena pone en evidencia que no se aguantan ni a sí mismos ni dos semanas. Llevábamos dos semanas y no podían verse al espejo de lo aburridos que son.
Al parecer el trabajo que decían odiar, del que se quejaban a diario en redes sociales, ese trabajo era lo que les mantenía cuerdos y les evitaba pensar cuanto les molesta su propia compañía.
¿No han estado con alguien que se la pasa hablando con otra persona en el celular cuando en teoría está conversando contigo físicamente? Esa gente que rechaza al cercano y anhela al que está en su celular.
Y cuando el del celular se vuelve cercano te manda mensajes a ti. Y entonces ahí es cuando uno hace clic en el hermoso botón de silenciar. Pero entonces empieza a publicar donde está, qué come, qué caga, qué bien se la pasa con su acompañante decorativo. No puedes escapar de qué tipo de fetuccini favorito, qué trago, pastelito o pizza probó, agregándole un emoji con corazones y con palabras que unos utilizan para identificarse: “Pasándola bien en la pandemia” o “Coronavirus Time”.
Yo pensaba que estas personas serían las menos afectadas por la pandemia, al final de cuentas para ese tipo de gente, si todos están lejos y son una conversación (mensajes, stickers y GIFs) tienen más valor del tipo que tienen en frente. Están tan habituados a la comunicación impersonal que no tendrían problema alguno. Pero no, dos semanas de estar encerrados y comenzaron a quejarse de cuanto extrañan de aquellos que ignoran. Comenzaron a quejarse de no poder salir para hacer historias de “Pasándola bien”. No pueden salir a comer, ni a beber, ni a ningún lado que habitúan ir con amigos que cumplen su rol decorativo para sus post e historias. Acostumbrados a documentar su existía con efectos especiales y comercios como fondos.
Ahora hacen lo mismo relatando su día a día y uno descubre que si quitas el fondo es la persona más simple y aburrida que existe. Si quitas los elementos decorativos donde se mezclan amigos, novios y novias, restaurantes, bares, discos, centros comerciales y lugares comunes, elementos decorativos que sirven para sus publicaciones y cumplen la función de stickers hiperrealistas, si le quitas todo eso descubrimos que esa persona está desnuda y aburrida.
Pero para recuperar algo del amor propio que han desperdigado en miles de seguidores encontrarán la forma que la pandemia gire al alrededor de su nuevo estilo de vida. Porque tienen nostalgia del “like”, tienen melancolía del “me encanta”. En su intento por recuperar la atención que han perdido ante la desgracia de la pandemia, que ha desviado la atención de sus fotos de comida, comienzan a improvisar. A mendigar un poquito de likes: “¿No tiene un me gusta que le sobre, joven? Y es que con la pandemia la cosa va mal, le canto, le respondo sobre mí, le cuento secretos y anécdotas, le enseño cómo cocino y puede verme mientras me lo como, me pongo a hacer ejercicio, me emborracho en vivo, en serio, ¿no tiene un like que le sobre?”.
Con el avance de los días de encierro muchos se darán cuenta que los “influencers favoritos” son unos idiotas, que su función en este mundo es la de un espectacular, un anuncio publicitario o un volente que cumplen el mismo rol que esa publicidad molesta que arrojan por debajo de la puerta, pero al menos en estos días, esa publicidad tendrá más utilidad que el “influencer”, pues servirá para limpiarnos el culo luego que muchos de ellos salieran desesperadamente a comprar cientos de rollos de papel higiénico porque se acercaba la pandemia.
Nunca vi tantas personas transmitiendo en vivo sus aburridas existencias que van de los actos más simplones y banales a ser verdaderos intentos de ser guías morales en la pandemia, enseñándole a la gente como pasar el tiempo con cosas que la gente no tiene para “pasar el tiempo”. En su mundo pandémico y nuevo estilo de vida: toda la gente cuenta con todas las comodidades de ellos en el encierro, toda la gente tiene pantalla Ultra HD 4K conectada a la banda ancha, todos tienen pesas, caminadoras, escaladoras, parrillas al carbón, refrigerador de vinos, terrazas con chill out y un cuarto orgánico de azotea.
Y si la gente no tiene, no se preocupen de cualquier forma nos las enseñan como son, con tal que los vean. Con tal que se sienta esa unidad de la gente que desde el privilegio gritan: “¡Yo me quedo en casa!” y lo publican en todos lados para recibir su reconocimiento anónimo al intento de “influencers responsable”.
Y luego que regresan a la comodidad de su existencia pandémica se sienten solos, se sienten vacíos sin poder comer, beber y comprar. El consumo ha sido la única identidad que han poseído y ahora se las han arrebatado. Ahora no son nada. Necesitan saber que pertenecen a algo, antes pertenecían a los clubs de compra o al Tenis Club. Ahora para paliar esa desesperación y soledad de dos semanas deciden que mejor salen a transmitir en vivo o publicar de nuevo en redes sociales, porque les surgía dejar en claro que la pandemia debía tratar sobre ellos.
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